Existen numerosos informes y estudios que documentan la extremadamente alta prevalencia e incidencia de tuberculosis entre la población minera de las explotaciones mineras auríferas y el fracaso de los médicos para diagnosticar la dolencia en estas personas. Sin embargo, la respuesta de los departamentos de Salud o de Minería y Energía a la alta tasa de tuberculosis en los mineros es pequeña.
El Informe de la Comisión Milner, redactado en 1903, describió la extensión de la tuberculosis entre los mineros y advirtió que las medidas preventivas eran una cuestión muy urgente. El Informe de la Comisión Leon, escrito 93 años más tarde, en 1996, perfiló unas preocupaciones similares, tras un espectacular aumento de la incidencia de tuberculosis, a medida que la epidemia de VIH comenzó a crecer en Sudáfrica durante los años 90.
La tasa de tuberculosis pulmonar activa en mineros de etnia negra detectada en la autopsia ha aumentado de aproximadamente 45 por 1.000 en 1975 a 350 por 1.000, según el Informe del Instituto Nacional de Salud Ocupacional de 2008. Las autopsias realizadas a mineros que murieron en 1999 revelaron casos de tuberculosis pulmonar que los médicos no habían diagnosticado.
El VIH ha contribuido de forma significativa a las altas tasas de tuberculosis. Según un estudio del año 2000 realizado por el profesor Churchyard, la presencia del virus de la inmunodeficiencia humana estuvo relacionada de forma significativa con el aumento de la tasa de mortalidad por caso. Los mineros muertos fueron 15 veces más propensos a tener el virus (intervalo de confianza del 95% [IC95%]: 7,4-30,6).
La presencia de silicosis, debido al polvo generado en las minas durante la extracción del oro, ha resultado ser un factor que contribuye significativamente al desarrollo de tuberculosis en los mineros. El mismo estudio evidenció que la probabilidad de tener silicosis entre las personas que fallecieron de tuberculosis fue tres veces superior (IC95%: 1,4-6,3).
Los riesgos que suponen la silicosis y la infección por VIH se combinan y potencian. En consecuencia, la tuberculosis se ha convertido en un riesgo ocupacional para los mineros debido a la epidemia de VIH y a la ausencia de control del polvo generado en las minas.
El problema de la tuberculosis y el VIH en mineros inmigrantes de otros países vecinos también resulta altamente preocupante. En Lesoto, al menos el 25% de los casos de tuberculosis resistente a fármacos corresponde a mineros que habían trabajado en explotaciones de oro en Sudáfrica.
A menudo, los mineros inmigrantes apenas tienen acceso a la atención sanitaria cuando vuelven a sus países de origen, algo a lo que se ven forzados a recurrir con frecuencia si se encuentran demasiado enfermos para trabajar. No existen las derivaciones médicas interfronterizas, lo que hace imposible la continuidad de la atención médica. Los mineros que inician tratamiento antituberculoso pueden dejar de recibirlo si se van a casa, o pueden perder la atención médica si son despedidos tras un diagnóstico de tuberculosis.
También es bien conocida la ausencia de indemnizaciones a los mineros de oro que mueren por tuberculosis debido a una exposición ocupacional. En unos 21 meses, hasta diciembre de 2003, sólo se pagaron 400 de las más de 28.000 reclamaciones que el Comisionado de Indemnizaciones por Enfermedades Ocupacionales recibió de mineros que presentaban un caso de tuberculosis activa.
La recepción de la compensación económica es especialmente difícil en el caso de mineros procedentes de países vecinos a Sudáfrica. Si bien todos los mineros tienen derecho a una mutua médica, a menudo en sus países de origen no existen las tecnologías necesarias. Aún en el caso de ser elegibles, los procedimientos a seguir para conseguir la indemnización son complejos, lo que provoca que muy pocos mineros la reciban.